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Hace
algunos años "Entertainment Weekly" realizó
una efusiva reseña del programa de televisión "Los
Simpson". El autor de la reseña, Ken Tucker, destacó
un episodio en particular como "una obra maestra derrochante
de pequeños detalles que, juntos, conforman una visión
del mundo". Dicho episodio fue escrito por Jon Vitti, quien
entonces era uno de los más talentosos y prolíficos
guionistas de la serie. "El artículo citaba cinco chistes
del episodio" me contó Vitti más tarde. "Era
algo muy halagador, excepto por el hecho de que yo no había
escrito ninguno de esos cinco chistes". De hecho, todo lo que
Tucker citó del episodio era obra de un colega de Vitti llamado
George Meyer. "Este tipo de cosas le pasa continuamente a todos
los guionistas del programa", dijo Vitti. "Se emite un
episodio en el que tú estás acreditado como guionista,
y al día siguiente la gente te viene y te dice lo genial
que fue. Entonces te mencionarán su par de frases favoritas,
y ambas serán de George".
Meyer
empezó a escribir en "Los Simpson" en 1989, unos
cuantos meses antes del estreno del primer capítulo en la
Fox. En los créditos de años recientes aparece como
uno de los varios productores ejecutivos, pero no existe ningún
título que pueda describir adecuadamente su rol. Ha dado
forma a la serie tan a fondo que ahora mismo se podría decir
que la sensibilidad cómica de "Los Simpson" es
principalmente suya. Mike Scully, quien comparte el título
de Meyer y trabaja en el programa como "show runner" o
editor en jefe, me habló de Meyer no hace mucho tiempo en
su despacho en la Fox. "George es el mejor guionista cómico
de Hollywood", me dijo. "Cuando empecé a trabajar
aquí hace siete años me dejó de pasta de boniato.
Yo había hecho un montón de trabajo en sitcoms anteriormente,
pero el rollo de George era tan diferente y tan original que dudé
de que mis capacidades estuviesen a la altura." En otras sitcoms,
explicaba Scully, el diálogo es muy previsible y los mismos
tipos de planteamientos llevan a los mismos tipos de chistes. "Los
guionistas de esos programas llegan a un punto en el que prácticamente
pueden escribir guiones mientras duermen", dijo. "Conocer
a George cambió completamente mi enfoque y como resultado
ahora soy mucho mejor guionista." La gente siempre se pregunta
por qué "Los Simpson" siguen siendo tan buenos
después de tantos años en antena, y aun a riesgo de
cabrear al resto de guionistas, creo que debo decir que la razón
principal es probablemente George."
"Los
Simpson" van por su undécima temporada; el pasado verano
en la playa escuché como mi hija adolescente y algunos de
sus amigos comentaban sus frases favoritas de sus episodios favoritos,
algunos de los cuales fueron emitidos cuando ellos apenas estaban
aprendiendo a andar. Una longevidad así es algo raro en televisión,
especialmente en el caso de una sitcom. Incluso más inusual
es la amplitud de público que sigue el programa. Mi mujer
y yo vemos "Los Simpson" de forma tan ávida como
nuestros hijos, y lo hemos hecho durante años; es el único
programa que vemos todos juntos, el único alrededor del cual
planeamos comidas y el único en el que mientras se está
emitiendo no leemos ni hablamos. Desde sus inicios el programa ha
tenido un gran y leal número de seguidores hispanos (cuyo
ardor explica un semi-críptico mensaje sobreimpresionado
en pantalla al comienzo de cada episodio: "SAP Transmitido
en Español"). Los estudiantes universitarios siguen
votándola con regularidad como el mejor programa de la televisión.
La revista Time recientemente se refirió a ella
como el mejor programa de televisión del siglo veinte.
La
gente que rechaza "Los Simpson" (o que prohibe a sus hijos
que la vean) suele hacerlo irreflexivamente, sin haber visto jamás
la serie. Asumen que el programa carece de gusto, es inmaduro y
profano como, digamos, "South Park", una serie de dibujos
cuyo principal reclamo es que sus personajes dicen tacos. Aparte
de ser dibujos animados, "South Park" no comparte prácticamente
nada con "Los Simpson", que creo que no sólo es
el programa más divertido de la televisión sino que
además también es el más culto. En palabras
del poeta Robert Pinsky, fan de la serie, "Los Simpson penetran
en la naturaleza de la televisión en sí misma".
La observación de Pinsky apunta hacia el principal motivo
de la fuerza del programa: "Los Simpson" pertenecen a
sus guionistas.
Debido
a que la animación es un proceso muy trabajoso y muy costoso
en cuanto a tiempo, preparar las imágenes visuales para cada
episodio de "Los Simpson" requiere casi un año.
Meyer y sus colegas aprovechan esa larga gestación para añadir
y borrar chistes, insertar escenas, alargar o acortar pausas de
fracciones de segundo y pedir relecturas de frases a los actores
de voz de la serie (quienes, como no aparecen por pantalla, tienden
a ser mucho más tratables que las estrellas de Hollywood).
Un
cuidado así crea una densidad textural que hace que cada
episodio parezca durar mucho más de media hora. Esto también
da pie a innumerables detallitos para los espectadores atentos,
como por ejemplo un salón de belleza local llamado "el
Perm Bank", la palabra "yoink" (acuñada por
Meyer) que los personajes balbucean cuando chorizan algo y un mensaje
de bienvenida colocado en la iglesia de Springfield después
de un huracán: "Dios da la bienvenida a sus víctimas".
Los guiones contienen alusiones a libros, películas y otros
programas de televisión, y están sembrados de encantadoras
oscuridades, como el hecho de que Montgomery Burns, el desalmado
propietario de la central nuclear local, emplee un saludo telefónico
promocionado sin éxito por Alexander Graham Bell: "Ahoy
- ahoy".
La
mayor parte del trabajo creativo en "Los Simpson" tiene
lugar en dos salas de conferencias de la Fox, que son conjuntamente
conocidas como "la sala de reescritura" o simplemente
"la sala". Ahí es donde se idean las historias,
se desarrollan y se pulen; y es donde Meyer, según sus colegas,
es el maestro. Los ejecutivos del programa le consideran tan valioso
en la sala de reescritura que suele estar exento de obligaciones
de edición. Como compensación, dedica casi todos los
días de la semana a reformar y pulir el trabajo de sus colaboradores.
El pasado verano acompañé un día a Meyer a
la Fox y presencié una larga sesión de reescritura,
durante la cual él y media docena de colegas se devanaban
los sesos puliendo la primera versión de un futuro episodio.
La mayoría de chistes e ideas proferidas por los guionistas
de la mesa no provocaron reacción alguna (reirse por compromiso
está considerado contraproducente). La atmósfera,
más que la de un club de comedia, era la de una clase de
instituto en la que ninguno de los alumnos ha leído el texto
que tocaba para hoy, cosa que prueba que la audiencia más
dura para un cómico es una sala llena de otros cómicos.
Me senté en una silla alejada de la mesa y observé
un fenómeno sobre el que Mike Reiss, un guionista veterano
de la serie, me había alertado: los guionistas de "Los
Simpson", después de proponer algunas frases, miran
involuntariamente a Meyer buscando su aprobación. (Ian Maxtone-Graham,
otro guionista, declaró recientemente a un reportero: "Preferiría
hacer reir a George Meyer antes que ganar un Emmy")
Los
chistes que inspiraron risas aquel día fueron sobre todo
de Meyer. Recordé una historia que Mike Scully me había
contado anteriormente, sobre la risotada más intensa que
había oido en la sala de reescritura. El incidente ocurrió
algunos días antes, un día en el que el equipo estaba
trabajando en una subtrama en la que Homer, en una subasta de la
policía, compra un deportivo macarra cuyo anterior propietario
era el criminal local, Snake. Snake quiere recuperar su coche, así
que se escapa de la cárcel e idea un plan tipo Coyote: tiende
un alambre de lado a lado de la carretera con la esperanza de decapitar
a Homer cuando pase por allí. El alambre no alcanza a Homer,
pero su coche es seguido de cerca por otro.
"El
conductor del segundo coche sostiene un sandwitch en un ángulo
ridículo por encima de su cabeza y dice 'Le dije a aquel
idiota que partiese por la mitad mi sandwitch'", explicó
Scully. "A eso íbamos con el chiste. Pero entonces George
dijo: '¿Y si el alambre le corta la mano?'". Eso hizo
que la gente de la sala estallase en carcajadas tan bestias que
acabaron tosiendo, se estaban ahogando de risa por aquel chiste
inesperado. Fue una risa producto del shock, una de esas risas que
empiezan a crecer y que se hacen más grandes a medida que
reverberan a través de ti". Jon Vitti me contó
en una ocasión que las risas producidas por los mejores chistes
de Meyer tienen un sonido único, producido con la boca completamente
abierta, debido a que la gente se siente sorprendida a la vez que
ríe: "Es como aquello que dicen sobre los jugadores
de beisbol, que puedes identificar a un bateador por el sonido de
su bate golpeando a la pelota".
"En
un grupo de doce o más personas, todas ellas muy divertidas
y competentes", dijo Vitti, "sería muy inusual
para cualquier guionista dar con dos chistes seguidos que acaben
apareciendo en el guión final. Pues en una sesión
de reescritura de "Los Simpson" Meyer propinó de
golpe seis chistes consecutivos, una gesta notable incluso para
él." Cuando el equipo volcó su atención
en la siguiente línea de diálogo problemática,
uno de los guionistas empezó a hablar. Mike Reiss, que cordinaba
la sesión, alzó su mano y dijo: "Sh-h-h. George
está pensando."
Meyer
tiene 43 años. Luce una barba desaliñada y pelo liso
tirando a rubio que le cuelga casi hasta sus hombros. Su pelo se
le suele despeinar tapándole los ojos, y cuando eso sucede
suele reclinarse hacia delante sobre su cintura y a continuación
se pone erguido de golpe para acompañar su pelo hacia atrás.
Usa gafas con montura de alambre y tiene manos grandes y pies grandes.
Le gustan los sombreros; entre sus favoritos está un sombrero
de ala ancha hecho de tela blanca que usa para protegerse la cara
del sol, y una gorra de béisbol con el logo del anuncio del
combate entre Mike Tyson y Evander Holyfield, una pelea que tuvo
que ser cancelada cuando Tyson fue acusado de violación.
Durante varios años llevó una muñequera que
compró en uno de los setenta u ochenta conciertos de los
Grateful Dead a los que asistió durante los cinco últimos
años de vida de Jerry Garcia. Practica yoga y es vegetariano
estricto. Su estatura supera por unas cuantas pulgadas los seis
pies de altura (n.d.t.: metro ochenta y pico centímetros),
y parece más alto porque su postura siempre es muy recta,
esté de pie o sentado. Camina tan rápido que la gente
suele tener que ir al trote para seguir su ritmo. Tiene una risa
infecciosa, en staccato, que a veces resulta un poco maníaca.
Conozco
a Meyer desde hace casi 25 años. Nos conocimos en Harvard,
donde éramos compañeros de clase y miembros del equipo
de redacción del Lampoon, la revista de humor de
la universidad. Era por un orden de magnitud la persona más
divertida que he conocido jamás. Recuerdo una tira de dos
viñetas que dibujó una noche cuando éramos
veteranos. Meyer no es un artista gráfico; el dibujo (garabateado
en una hoja de papel de libreta) podría haber sido dibujado
por un estudiante demente de tercer grado. Pero el chiste me causó
una gran impresión. En la primera viñeta un tío
chillaba "¡Serás capullo!" mientras le rebanaba
la cabeza a otro tío con un hacha. En la segunda viñeta
un policía se llevava al asesino, mientras éste mascullaba
"Yo y mi bocaza."
La
violencia de aquella tira se contradice con la amabilidad personal
de Meyer y su casi tierna empatía hacia los demás.
El escritor Jack Handey, con quien Meyer compartió despacho
en una ocasión, dice "Es casi como si George creyese
que le traería mal karma decir algo malo sobre otra persona."
Una de las hermanas de Meyer dice que en una ocasión George
estuvo a punto de llorar de pena después de divisar una tienda
de artículos para zurdos, un negocio que le pareció
condenado, y más tarde eso acabó inspirando el Leftorium,
la empresa propiedad de Ned Flanders, vecino de los Simpson.
Meyer
también es modesto acerca de su talento y sus logros en su
carrera. Maria Semple, una guionista de televisión que vivió
con él desde principios de los noventa hasta el año
pasado, cuando rompieron, me contó "En nuestra primera
cita George me llevó a la feria estatal. Era su cumpleaños,
cosa que no me dijo en ningún momento, y aquella noche optaba
a un Emmy, cosa que tampoco me dijo en ningún momento. No
paraba de mirar su reloj, yo creía que le estaba aburriendo,
pero luego, cuando estábamos en el coche, me dijo 'Tengo
que encontrar un sitio en el que poder cambiarme y ponerme esto'
y en el asiento de atrás había un smoking. "Los
Simpson" ganaron un Emmy aquella noche, pero Semple sólo
pudo enterarse leyendo la prensa del día siguiente.
Al
igual que un chocante número de gente relativamente joven
de Hollywood, Meyer ha ganado tanto dinero hasta ahora que continuar
trabajando se ha convertido en algo esencialmente opcional para
él. Aun así, su única adquisición importante
hasta la fecha es una casita estucada de color gris situada a escasa
distancia de las casas de Marlon Brando y Jack Nicholson, al Norte
de Beverly Hills, en las montañas de Santa Monica. Desde
su terreno, un pequeño altiplano compacto y bordeado con
arbustos bien cuidados, puedes ver hacia el Norte el Valle de San
Fernando y hacia abajo una interpretación de Versailles hecha
de estucado y arcilla propiedad de Vanna White. En la pendiente
casi vertical entre la casa de White y la de Meyer hay un viñedo
(el equivalente moderno en Hollywood del huerto) que también
pertenece a White.
La
casa de Meyer está decorada de forma bella pero no ostentosa.
Entre sus reclamos principales destacan varios artículos
de su extensa colección de objetos pertenecientes a la carrera
espacial, un interés que descubrió hace algunos años
a través de su colega John Swartzwelder (autor de la frase
favorita de Meyer de "Los Simpson", una borrachera en
la que Homer llama al alcohol "la causa -y el remedio- de todos
los problemas de la vida"). La colección incluye una
carta firmada por Barbara Morgan, la suplente de Christa McAuliffe
en el vuelo maldito del Challenger; siete mecheros pertenecientes
al astronauta Dick Gordon; un cuchillo diseñado para cortar
el paracaídas de una cápsula espacial que una vez
perteneció al astronauta Gordon Cooper; y un lanzador de
bengalas que supuestamente formaba parte del kit de supervivencia
que llevaba en Corea Buzz Aldrin. En un baño cercano a la
puerta principal hay un pequeño altar dedicado sin ironía
a Jerry Garcia, el que fue durante años la cosa más
cercana a una figura espiritual en la vida de Meyer. En el comedor
hay un equipo de televisión en el que ve poca cosa excepto
partidos profesionales de fútbol americano y documentales
("Puedo ver un documental sobre cualquier cosa", me contó.
"Podría mirar lo que graba la cámara de seguridad
de una tienda. Me encanta la realidad.").
El
interés de Meyer en el fútbol americano profesional
es estrictamente pragmático: al contrario que la mayoría
de vegetarianos estrictos, practicantes de yoga y coleccionistas
de memorabilia espacial, es un estudioso y entusiasta de las apuestas.
Pasó muchas horas en el canódromo cuando íbamos
a la universidad, y durante un periodo en el que vivió en
Nueva York a principios de los ochenta su único rasgo distintivo
en el vestir fue un traje de tres piezas que vestía los días
en los que había un combate de pesos pesados. Conoce bien
el puente aéreo de Los Angeles a Las Vegas.
Aparcado
delante de la fachada de la casa de Meyer hay un Honda Civic, que
encargó sin aire acondicionado, ya que cree que el aire acondicionado
es un exceso que denota irresponsabilidad ambiental. El coche es
demasiado estrecho para contener a dos hombres talludos de forma
cómoda, así que cuando le visito en Los Angeles -como
he hecho varias veces en los últimos años- solemos
tomar mi coche de alquiler cuando vamos a cualquier lado. Cuando
vamos por la ciudad es típico que le vaya preguntando a cada
milla si seguimos yendo en la dirección correcta, puesto
que yo no conozco el lugar y la mente de Meyer suele divagar. En
una ocasión, algunos años atrás, un pensamiento
le preocupó de repente: en algún lugar del área
metropolitana en aquellos momentos Dean Martin seguramente se estaba
despertando o estaba tomándose el desayuno.
Los
paneles y letreros publicitarios le sacan de sus casillas. Odia
la publicidad, según él es una fuerza de destrucción
global. ("La odio porque de forma irresponsable induce a la
gente a sentirse descontenta sólo para conseguir un objetivo
puntual, y luego deja los desechos de todo ese proceso ahí
fuera, en la cultura. Un publicista estará muy contento de
hacerte sentir mal contigo mismo si eso te induce a comprar, pongamos,
un boli Bic") Esta antipatía ha convertido a Meyer en
un conocedor del márketing descarado; está especialmente
interesado en ejemplos de anuncios en los que el cociente palabra/falsedad
se acerca a 1. Una vez me enseñó una revista en la
que aparecía un anuncio de un sucedáneo de mantequilla
llamado Country Crock (n.d.t.: "Vasija del campo"). "No
está hecho en el campo; no hay ninguna vasija", me dijo.
"Dos palabras, dos mentiras".
Un día, en el coche, mientras nos saltábamos otra
salida, me dijo "Me encanta preguntarle a la gente cuál
es su producto favorito."
Como
no se me ocurría inmediatamente cuál era el mío,
le pregunté por el suyo.
"Mmm,
vaya", dijo, y miró por la ventana y se rió,
"Supongo que no lo sé." Se paró a pensar
un rato. "Compré una herramienta que seguramente sea
mi producto favorito, porque está muy elegantemente diseñada.
Son unos alicates, es un cuchillo, es un destornillador. Me encanta.
Pero nunca lo uso." Miró por la ventana de nuevo. "Lo
más guay en lo que dejarse algunos billetes debe de ser el
LSD, supongo", dijo. "¿No crees? Porque cuesta,
por decir una cifra, cinco pavos y entonces se te va la olla e incluso
acabarás por tirarte desde una ventana. ¿Te imaginas?
Te puede cambiar la vida, y te puede marginar de la sociedad. Eso
es mucho."
Meyer
creció en Arizona, es el mayor de ocho hermanos en una familia
católica de ascendencia mayoritariamente alemana. Sus padres
todavía viven en Tucson (su madre es vendedora inmobiliaria
y su padre ha trabajado en una gran variedad de empleos, la mayoría
en el terreno inmobiliario o en asesorías). "Éramos
tantos que no hacíamos demasiadas actividades familiares",
me contó. "Normalmente cada uno hacía sus propios
planes. Algunas veces habíamos ido todos juntos a SeaWorld
o algún sitio por el estilo, pero mi familia era tan numerosa
que éramos difíciles de movilizar. Se entiende que
lo militar esté controlado por gente que está constantemente
chillando y gritando. Parece una estrategia ineficiente, pero se
consigue que las cosas se hagan, de alguna manera". Sus padres
eran exigentes y la relación con su padre solía ser
turbulenta. Una de sus hermanas me había contado: "Mis
padres tenían la costumbre de decir exactamente quién
de entre nosotros tenía la culpa de todos los problemas familiares,
así literalmente. El causante iba cambiando según
la semana, pero solía ser George."
La
vida en familias numerosas está repleta de retos logísticos
(la madre de Meyer solía colocar tarjetas con citas para
el dentista en los calcetines de Navidad de sus hijos). La gente
que crece junto a muchos hermanos tiende a querer para sí
mismo una familia grande o bien ningún tipo de familia; Meyer
y sus hermanos, el más joven de los cuales tiene ahora 31
años, hasta ahora han producido sólo tres matrimonios
y dos dos hijos. Meyer le contó una vez a un amigo que no
creía en el matrimonio, y que nunca tendría hijos
porque él ya había ayudado a críar a siete
de ellos. Cuando mi mujer y yo nos casamos, poco después
de acabar la universidad, respondió a nuestra invitación
de boda con una nota breve: "Espero que funcione."
De
pequeño Meyer no sólo batalló con sus responsabilidades
familiares, sino también con las creencias religiosas de
sus padres. "Me sentía como si fuese un niño
feliz", me explicó, "pero sentía que estaba
hecho para soportar un montón de lastres que no eran míos,
como por ejemplo las frustraciones de viejas con vestidos de monja.
La gente suele decir que criarse como católico es horroroso,
y es verdad. La cuestión principal es que no había
sentido de la medida. Si en el colegio mascaba chicle la monja me
decía 'Jesús está muy enfadado contigo por
eso', y a sus espaldas, en la pared, estaba un tío moribundo
y sangrante pinchado en una cruz. Es una imagen terrorífica
para un niño pequeño. Al final acababas pensando que,
por ejemplo, hablar mientras formabas fila estaba muy relacionado
con matar a Jesús. No estabas seguro, y nunca había
una voz moderadora. Una vez me mandaron al despacho del director,
y cuando llegué mis padres estaban allí sentados.
Habían sido invocados de algún modo. Dios, eso asusta;
me hubiese disgustado mucho, aunque no me hubiese sorprendido particularmente,
que me dijesen: 'Esta vez has ido demasiado lejos. Ahora debes morir.'
Hubiese pensado: oh, joder, vale, he ido demasiado lejos. No hubiese
pensado: ¡no, no, esto no puede estar sucediendo! No había
sentido de la medida. Es por esto que una de mis formas preferidas
de humor negro es la crueldad informal expresada por burócratas
y médicos, como "Aquí está la vara que
le vamos a poner en su columna vertebral".
Meyer
se tragó un montón de televisión en sus años
mozos. Su infancia coincidió con un periodo en el que la
tele todavía no era tan antigua como para haberse convertido
en algo considerado ampliamente como dañino para el bienestar
mental de los jóvenes que la ingerían en grandes dosis,
así que sus recuerdos sobre la tele de los años cincuenta
y sesenta son precisos.
"Simplemente
me lo tragaba todo", me dijo, "y siempre con la misma
expresión facial inactiva. Veía tanto la tele y desde
una edad tan temprana que, de hecho, no entendía para qué
servía la tele. Le digo esto a la gente y se creen que bromeo,
pero no me daba cuenta de que supuestamente el Show de Dick Van
Dyke era gracioso, yo creía que simplemente lo veías
y ya está. La gente decía cosas, iban para arriba
y para abajo, y tú esperabas hasta que veías al chaval
con el que ya te habías quedado, te gustaba ver a Richie.
Mis hermanos y yo raramente reíamos con algo de lo que veíamos
por la tele. La mirábamos más para aprender cómo
era el mundo y cómo interactuaban los adultos, y qué
era una fiesta de cóctel, qué era un night club, qué
se hacía en un crucero marítimo; aunque me gustaban
los programas en los que el chiste consistía en alguien siendo
disparado o cayéndose por una ventana. Cuando eres niño
te gusta ver adultos haciendo sus labores porque esperas que algún
día te unirás a ellos en anarquía y caos."
A
Meyer también le gustaba "The Wild, Wild West",
"El Superagente 86" y otros programas con muchos gadgets.
"Yo creía que todas esas cosas existían",
dijo, "y que los adultos simplemente las habían escondido
bajo llave en algún sitio. Creía que en cuestión
de tiempo yo tendría acceso a mi propio zapatófono,
y no podía entender por qué la gente tenía
caravanas cuando había magníficos batmóviles
ahí fuera esperando ser conducidos." Se pasó
la mayor parte de su infancia anhelando todos esos gadgets y también
los juguetes que veía en los anuncios, y se espabiló
para encontrar medios con los que adquirir al menos unos cuantos
de éstos. Vendió globos de helio en una feria de rodeo,
pintó los números de las fachadas de las casas de
los vecinos (evitó direcciones que contuviesen el numero
8, puesto que no disponía de la plantilla de este número),
y pagó a sus hermanos y hermanas veinte dólares a
cada uno por hacer cola durante horas para comprar entradas para
un concierto de los Rolling Stones, que luego revendió. En
una ocasión, cuando se puso envidioso de un amigo que tenía
un pulidor de piedras, desistió en pedirle a sus padres que
le comprasen uno y decidió fabricarse uno él mismo.
"Estudié la tecnología", me contó,
"y entonces me vino una idea. Cogí un jarrón
de vidrio y lo llené con algunas piedras que quería
pulir, luego añadí algo de arena y agua, y luego lo
fijé con celo al tapacubos del coche de mi padre. Pensé,
Iremos hasta la iglesia y cuando volvamos las rocas ya estarán
pulidas. Pero el inventó se cayó antes de que saliésemos
de nuestra calle."
Los
padres de Meyer tenían grandes expectativas para todos sus
hijos. Su madre solía decir: "No somos triunfadores,
somos super-triunfadores" (un término que Meyer usó
después en un sketch para el "Saturday Night Live").
Él y sus hermanos fueron presionados para triunfar pero apenas
disfrutaron de una verdadera sensación de logro personal,
debido a que sus triunfos ya se les suponían; un dilema que
una de sus hermanas me describió como "una situación
de fracasar-fracasar". Meyer se convirtió en un adolescente
modélico: todo dieces en sus notas, miembro del club de debate
de su instituto, editor del periódico de los estudiantes,
eagle scout y monaguillo.
La
influencia más importante de su desarrollo moral e intelectual
fue la revista Mad. Meyer acompañaba a su madre por la tarde
en sus viajes al colmado y se quedaba frente al revistero leyendo
el último número mientras su madre hacía la
compra. En el viaje de vuelta a casa en coche leía unas cuantas
líneas cada vez que pasaban por debajo de alguna farola (Una
de las posesiones de Meyer más preciadas a día de
hoy es un ejemplar de Mad en la que sale dibujado él mismo,
en una historieta de dos páginas titulada "A Mad Peek
Behind the Scenes at The Simpsons Studio"). Recuerda que le
impactó especialmente una parodia de "Daniel el Travieso".
Me dijo, "Era una viñeta en la que aparecía Daniel
entrando en su casa mientras sostenía un cráneo en
una mano, y al pie ponía algo así como 'Mamá,
mira lo que he encontrado en la cabeza del Sr.Wilson'. Eso me mató
por completo. Al día siguiente me dolían los músculos
del estómago de tanto reir. Me sentía como si unos
abusones me hubiesen dado un repaso."
Meyer
aún admira esa viñeta porque dice que le llevó
a una revelación significativa sobre el humor. "Va un
paso más allá, y para mí la mejor comedia siempre
va un paso más allá", explica. "Daniel podría
haber dicho 'Mamá, he matado al Sr.Wilson y aquí está
su cabeza' y la Sra. Mitchell podría haber dicho 'Oh, Daniel'
o algo por el estilo, y todavía me hubiese parecido bastante
gracioso, porque parte de aquel humor para mí era simplemente
que un niño se hubiese cargado a un adulto. Pero Dios mío,
qué gran chiste. Michael O'Donoghue (más tarde guionista
del National Lampoon y del "Saturday Night Live")
solía decir que el humor tiene que asombrar, y estoy de acuerdo
en eso. Tiene que reencuadrar la realidad de una forma que resulte
emocionante. Es como ver en dos dimensiones y entonces abrir el
otro ojo o mirar a través de una View-Master y de repente
ver en tres dimensiones."
El
humor para Meyer se convirtió en la clave para la supervivencia
emocional. Su hermana Ann (que está casada con Jon Vitti)
una vez me dijo: "La gente a veces me pregunta por qué
todos los chavales de mi familia tenemos tanto sentido del humor,
y supongo que era eso o morir. La elección era muy limitada.
Para George fue una tarea muy dura ser el mayor de un grupo de ocho,
y el hecho de que fuese increíblemente inteligente se lo
puso todavía más difícil. El resto de hermanos
le teníamos un poco de miedo porque era más mayor
que nosotros, pero cuidó de nosotros y le admirábamos,
nos hizo reir muchísimo. No le gustaba el programa 'All in
the Family', en parte porque era capaz de predecir los chistes a
la legua.
En
un episodio Archie está tentado de tener un affair con una
camarera, entonces Edith encuentra un trozo de papel con el teléfono
de la camarera escrito y le pregunta con su voz temblorosa 'Archie,
¿de quién es este número de teléfono?'.
Solíamos repetir esa frase, y George nos hacía tronchar
clavando la imitación de Jean Stapleton. Un año, en
la cena de Acción de Gracias, mi madre nos hizo escribir
en un papelito a qué le dábamos gracias; y tres de
nosotros, de forma completamente independiente, escribimos 'Archie,
¿de quién es este número de teléfono?'.
Mi madre estaba desesperada, porque era la que leía en voz
alta los papelitos. Mientras tanto, nosotros nos reíamos
tanto que se nos saltaban las lágrimas."
A
mitad de su segundo año en Harvard Meyer se ganó un
puesto en el equipo de redacción del Lampoon y,
por primera vez en su vida, se vio rodeado de gente que veía
el mundo de forma semejante a la suya. La revista se encuentra en
un edificio en forma de cuña cerca de la Plaza de Harvard
llamado The Castle, que ha servido durante más de noventa
años como una especie de logia masónica para graciosillos
de la clase. Dentro de The Castle Meyer se sintió verdaderamente
en casa.
"No
creo que a la mayoría de la gente le guste reir tanto como
a mí", dice a día de hoy. "A la mayoría
de la gente le gusta reir, sí, pero no está en posiciones
demasiado altas en su lista de preferencias, está como en
el nº 8 o así. En el Lampoon la gente se tomaba
el humor muy en serio. No había nada más importante
en la Tierra que reirse y hacer reir a otros. Eso cambió
mi vida. El Lampoon fue la única voz de anarquía
en toda la escuela, excepto tal vez la Spartacist Youth League (n.d.t.
Asociación internacionalista comunista)." Fue elegido
presidente del Lampoon a mediados de su tercer año.
Lampoon
aparte, Meyer era desgraciado en Harvard. Distraído por el
atractivo de The Castle, sus notas eran buenas pero no ejemplares,
y padecía un miedo persistente a estar echándose a
perder. Inmediatamente después de convertirse en presidente
del Lampoon, un grupo de tipos serios del equipo trataron
de derrocarlo en una batalla interna amarga e injuriosa. Meyer no
sólo sobrevivió a ese golpe, sino que además
se hizo muy amigo de su principal rival, Steven Crist (su amistad
se forjó en trayectos en autobuses greyhound; Crist es hoy
en día editor del Daily Racing Form). Estuvo a punto
de ser suspendido de su cargo en un par de ocasiones, una por no
entregar una nevera que le había vendido a un estudiante
de primer curso y otra por cargarse la ventana de un dormitorio
con una guitarra electrica. Solía estar deprimido, en ocasiones
de forma muy profunda. "Llegué a un punto", recuerda
él, "en el que quité todas las sábanas
de mi cama y puse luces de Navidad azules al rededor de mi colchón,
y me puse a dormir encima del mismo colchón. Lo hice en parte
como una broma, y en parte no. Tenía algo que ver con una
pista de aterrizaje de OVNIs o algo así. Y mantuve durante
un rato el termostato de mi habitación a exactamente 100
grados (n.d.t.: supongo que son 100 grados Farenheit, equivalentes
a unos 40 grados Celsius). Honestamente, no sé en qué
estaba pensando. Recuerdo haber visto carteles anunciando los servicios
de asesoría psicológica de la universidad y pensar
'¿Quién demonios está tan chalado como para
ir allí y hablar con esa gente?' Y la verdad es que yo debería
haberme pasado la mayor parte del día allí."
Este
interludio oscuro en la vida de Meyer continuó después
de que se graduase en 1978. Solicitó entrar en la escuela
de medicina y fue aceptado, pero nunca se matriculó. Pasó
un periodo breve en su casa en Tucson, juntó mil quinientos
dólares y se mudó a Denver, donde se propuso emplear
métodos "científicos" para hacer fortuna
en las carreras de perros. Alquiló una habitación
barata en un motel y se pasó los días estudiando estadísticas
en la biblioteca pública de Denver. A pesar de su diligente
investigación, perdió toda su pasta al cabo de dos
semanas y no tuvo otra elección más que admitir la
derrota y mudarse de nuevo con sus padres. Entonces trató
de ganarse la vida como profesor sustituto, investigador en un laboratorio
médico, vendedor en una tienda de ropa y concursante de televisión
(ganó algo más de dos mil dólares en "Jeopardy"
-el cheque más cuantioso que había cobrado hasta la
fecha, dos años después de acabar la universidad-.
Ideó un plan para cinco días de concurso, en los que
progresivamente se iría haciendo molesto adrede. Eliminado
tras el primer día de concurso, no pudo llevar a cabo más
que la primera fase de su plan: usar incesantemente el nombre de
pila del presentador del programa, Art Fleming).
La
vida de Meyer como adulto no empezó a cuajarse hasta 1981,
cuando recibió una llamada del despacho de un semioscuro
cómico llamado David Letterman. A Letterman le iban a dar
próximamente un late-night en la NBC en la franja a continuación
del "Tonight Show", y se preguntaba si Meyer podría
considerar mudarse a Nueva York y trabajar para él como uno
de sus guionistas. Meyer había sido recomendado por otros
dos guionistas, Tom Gammill y Max Pross, compañero del Lampoon
que le describió ante Letterman como "el hombre más
gracioso de América" (Gammill y Pross más tarde
escribieron para "Seinfeld", entre otros programas, ahora
ambos escriben a tiempo parcial para "Los Simpson"). Meyer
envió muestras de su trabajo seleccionadas de entre todo
lo que había escrito durante la universidad, y a Letterman
le encantaron. "Todo lo que me envió, hasta el más
pequeño detalle, estaba tan bellamente pulido", me dijo
Letterman. "No he vuelto a encontrarme con alguien así
desde entonces." En la primera temporada, Meyer ideó
un número que fue el progenitor de muchas rutinas subsiguientes
de Letterman: chafar cosas con una apisonadora (entre los artículos
chafados figuraba una sandía y un "nutritivo desayuno").
También escribió secciones en las que Letterman probaba
una variedad de extraños gadgets, que eran presentados como
productos novedosos pero en realidad habían sido ideados
por Meyer. Entre estos gadgets se halla una centrifugadora de pizzas
para quitar ingredientes no deseados y Loción-en-un-Cajón.
Meyer
dejó a Letterman después de dos años para incorporarse
al equipo de "The New Show", ideado como programa sucesor
del "Saturday Night Live" y presentado por Lorne Michaels
(allí escribió uno de mis sketches de televisión
favoritos para John Candy: "el reparador de comida").
"The New Show" fue cancelado después de dos meses
y medio de su estreno; Meyer se pasó primero a "Not
necessarily the news" y luego a "Saturday Night Live".
Ninguna de estas experiencias le resultó plenamente satisfactoria.
Le gustaba escribir para la televisión, pero no experimentaba
el mismo sentido de pertenencia que en el Lampoon. "Mis
cosas no eran demasiado populares en 'Saturday Night'", me
comentó recientemente. "Las veían como algo realmente
marginal, y muchas veces mis sketches no se acababan emitiendo.
A veces se decidía que no se emitirían después
del ensayo general, y tenía que vivir la horrorosa experiencia
de ver cómo un pintor retocaba cuidadosamente mi decorado
y lo dejaba listo para que lo hiciesen trizas y lo enviasen a un
vertedero de Brooklyn. Yo no casaba bien con el programa, aunque
me di cuenta de ello algo tarde." Lo dejó en 1987, después
de dos años.
Llegado
a este punto, Meyer estaba harto de la televisión y de Nueva
York. Se mudó a Boulder, Colorado, más o menos por
antojo, y alquiló un piso. Mientras vivía allí
escribió el guión de una película para Letterman.
El proyecto acabó siendo rechazado por Letterman y su estudio,
pero el guión de Meyer todavía está considerabo
una obra maestra por el reducido grupo de personas que lo ha visto.
Hay una copia del guión en la sala de reescritura de "Los
Simpson", donde durante varios años los otros guionistas
del programa la consultaban cuando no les salía ningún
chiste.
Paralelamente,
Meyer publicó un fanzine de humor poco convencional llamado
Army Man, cuyo subtítulo era 'la revista única
de América'. En parte Meyer creó Army Man
para evitar tener que trabajar en el guión de Letterman,
pero de algún modo ha quedado patente que fue el proyecto
creativo que más le llenó de todos los que había
emprendido hasta el momento. Army Man era el extremo opuesto
al abanico de entretenimiento ofrecido por cualquier cadena de televisión.
El primer número (llegó hasta el tercero) contenía
ocho páginas escritas a máquina, la mayoría
del contenido era obra de Meyer, que imprimió doscientas
copias y las repartió entre sus amigos.
A
pesar de su apariencia modesta, Army Man suscitó
una sorprendentemente amplia y leal acogida. Salió en la
Hot List de la revista Rolling Stone en 1989, y durante
años circuló por campus de universidades. "La
única regla es que las cosas tenían que ser graciosas
y bastante cortas", me contó Meyer. "Para mí
la quintaesencia de Army Man es uno de los chistes de John
Swartzwelder: 'Son capaces de matar a los Kennedy. ¿Por qué
no son capaces de preparar una taza de café que sepa bien?'
Es una idea terrorífica yuxtapuesta con algo muy banal, y
aun así hay algo de lógica en el conjunto. Es ilustrativo
porque se aproxima al modo en el que los americanos ven las cosas:
la vida es un revoltijo de confusión, pero de algún
modo te lleva a algo que puedes consumir. Me encanta eso."
(Meyer es la única persona que conozco capaz de analizar
un chiste sin cargárselo)
Army
Man acabó muriendo de éxito. A Meyer le saturó
recibir demasiado material no solicitado para Army Man,
ya que odiaba rechazar colaboraciones hechas por amigos. También
contactaron con él inversores que querían editar Army
Man a escala nacional o convertirlo en un programa de televisión.
Entonces se dio cuenta de que lo que para él eran las mejores
cualidades del fanzine -su tamaño reducido y su simplicidad-
estaban condenadas en cualquiera de esos formatos.
De
repente se encontró con mucho menos tiempo disponible. Uno
de los mayores fans de Army Man era Sam Simon, que es uno
de los tres productores ejecutivos originales de "Los Simpson".
Dicho programa se estaba empezando a gestar cuando se publicó
el primer número de Army Man y Simon, que necesitaba
montar un equipo de guionistas rápidamente, quedó
cautivado. Contactó con Meyer y le contrató, así
como también a varios de sus colaboradores en el fanzine,
incluyendo a Swartzwelder y a Jon Vitti. "Sam consiguió
a buena parte de su equipo a partir de la lista de créditos
de Army Man", me dijo uno de los anteriores productores
del programa. "De algún modo ese fanzine fue el padre
del programa".
"Los
Simpson" de hecho empezaron en 1987, un año antes del
primer número de Army Man, en formato de cortos
de un par de minutos para el programa "The Tracey Ullman Show".
Su creador fue el dibujante Matt Groening, que modeló a los
personajes originales basándose en su propia familia. No
obstante, probablemente "Los Simpson" de hoy en día
comparten más material genético con Army Man
que con estos cortos, o incluso más que con los primeros
episodios emitidos en la Fox.
Los
personajes de la serie son la clave de su atractivo. Ahora hay algunos
cientos de ellos, y los mejores se han ido volviendo más
reales y más complejos que la mayoría de personajes
de series con actores reales. Como se trata de dibujos, los personajes
pueden evolucionar y crecer mientras su aspecto se mantiene congelado
en el tiempo. Homer todavía tiene los mismos cuatro pelos
en su cabeza, pero a lo largo de los años el personaje ha
pasado de ser un malhumorado padre autoritario a ser un bobo soñador,
seguramente uno de las creaciones televisivas cómicas más
memorables y originales. Lisa se ha vuelto aun más sabia
y precoz "No creo que los cheques de verdad tengan signos de
exclamación", le dice a Homer, que cree que una promoción
de lotería que ha recibido por correo realmente vale un millón
de dólares. Lisa ha desarrollado una vida interior que se
acerca a la de Meyer más que ningún otro personaje
del programa. "Marge no ha cambiado mucho", dice Meyer,
"El problema con Marge es que no puedes ponerla a hacer chifladuras
estúpidas porque la gente pensaría que estamos denigrando
a las mujeres en general, pero tampoco puede ser una superwoman
perfecta porque tiene que ser medio plausible que ame a un marido
como el suyo y aburra a sus hijos. Es algo bastante trágico."
Lo
más importante de todo es que Bart nunca ha tenido que convertirse
en un siniestro adolescente (si hubiese sido interpretado por un
actor ante las cámaras, Bart hoy en día estaría
en edad de ir a la universidad). "El reto con Bart", dice
Meyer, "es idear centenares -literalmente- de gamberradas que
pueda llevar a cabo y que resulten interesantes pero no destructivas
o fáciles de imitar. Por ejemplo, en un episodio Bart está
sentado en el suelo del comedor cantando 'Jingle Bells' y dándole
a sobres de mostaza con un martillo. Adoro este tipo de cosas. Lleva
el ritmo, pensando 'Qué bien, tengo más sobres para
chafar con el martillo'. Lo único que le preocupa es cuántos
sobres le quedan. Lo que me gusta de Bart es que aunque se ponga
la dentadura postiza de su abuelo o muerda el ventilador del techo
y dé vueltas, no es cruel ni obsceno." El personaje
de Bart se reafirma en cada episodio.
Mientras
visitábamos los pozos de brea de La Brea, donde Meyer me
mostró su pieza de museo favorita (una urna de vidrio dentro
de la cual hay diversos cráneos fósiles de lobo prehistórico
alineados sobre un fondo naranja iluminado) mientras nos tomábamos
un café. Le pregunté a Meyer qué opinaba sobre
las comedias televisivas modernas.
"En
la mayoría de series de hoy en día", dijo, "casi
todos los personajes son estereotipos, o simplemente poseen sólo
un rasgo característico y poco más. Y hay series en
las que los siete personajes hablan exactamente como guionistas
de comedia. Todos los personajes parecen estar soltando bromas constantemente
y, concretamente, bromas para herir a otra gente. Mi antigua novia,
Maria, dijo en una ocasión que si alguna vez alguien le soltaba
una frase de las que los personajes de sitcom se suelen decir entre
ellos seguramente rompería a llorar y saldría corriendo
de la habitación."
"Cuando
tú y yo éramos niños, las comedias televisivas
corrientes iban de una bruja, un marciano, un fuerte fronterizo,
o un prisionero de guerra nazi cómico. Así era la
corriente general en cuanto a comedias. Ahora la comedia corriente
trata de un grupete de gente que sale por ahí en un escenario
urbano genérico y tienen conversaciones y se buscan las cosquillas
entre ellos. Recuerdo haber visto en los sesenta un episodio del
"Superagente 86" en el que unos indios malhumorados estaban
apuntando hacia Washington una flecha de sesenta pies, y Max soltaba
algo así como 'Es la segunda flecha más grande que
he visto en mi vida', y yo pensé, qué bien, las series
van a seguir siendo cada vez más alocadas. Nunca soñé
que las comedias televisivas iban a volverse tan monótonas,
que lo único que hay es gente en comedores humillando a los
demás."
Le
pregunté por qué las comedias televisivas habían
cambiado. "Uno de los motivos principales", me dijo, "es
la tiranía del público presente en las grabaciones,
que creo que se ha cargado la comedia televisiva en general. 'Leave
it to Beaver', al contrario que la mayoría de sitcoms de
hoy en día, no se grababa ante público. Si ese programa
estuviese en producción a día de hoy y Beaver hiciese
algún tipo de observación dulce y amable sobre su
colección de minerales, o alguna otra cosa por el estilo,
esa frase no conseguiría hacer reir al público durante
el ensayo y sería suprimida. Con público en las grabaciones
siempre acabas tirando de frases con final afilado para que el público
pueda identificar que son chistes. El público detesta tener
que adivinar si algo es gracioso o no, y me parece que es porque
a la gente le angustia reirse cuando no toca, es algo parecido al
miedo a hablar en público. Es por esto que las mayores estrellas
de la comedia suelen ser gente tipo Robin Williams o Jim Carrey,
porque con ellos el público nunca tiene que adivinar cuándo
están tratando de ser graciosos. Es el mismo fenómeno
que ver un gag en el trailer de una peli. Muchas veces los mejores
gags de una peli salen en el trailer, de tal modo que antes de ir
a ver la peli puedes haberlos visto ya unas seis veces. Entonces
vas a ver la peli en cuestión y piensas 'Oh, no, aquí
llega el gag que salía en el trailer, supongo que nadie se
va a reir porque todos lo tenemos ya visto'. Mentira. Ese gag se
lleva la mayor carcajada del público, como una explosión
nuclear."
Dada
esta inseguridad, los creadores de "Los Simpson" tomaron
un riesgo extraordinario: decidieron no añadir risas de fondo.
En la mayoría de sitcoms el diálogo se interrumpe
repetidas veces por crescendos de carcajadas reverberantes (o directamente
por risas enlatadas), creando el inverosímil frena-y-sigue
propio de tantas conversaciones de sitcom, en las que la reacción
inicial de un personaje ante una observación ostensiblemente
humorística sólo puede ser sonreir forzadamente o
mirar hacia los lados mientras las risotadas se apagan. En "Los
Simpson" a una frase graciosa le puede seguir inmediatamente
otra frase graciosa, de tal modo que el humor queda sutilmente expresado
por capas. En un episodio escrito por Meyer titulado "Homer
el hereje" (en el que Homer se salta el ir a la iglesia una
mañana y entonces pasa el mejor día de su vida según
él) el reverendo Lovejoy describe la religión de Apu
Nahasapeemapetilon, tendero del Badulaque local, como "indefinida".
Apu le responde indignado: "¡Hindú! Hay setecientos
millones de nosotros en el mundo." Lovejoy le sonríe
condescendiente y le dice "Tanto peor", un chiste rápido
que hubiese sido demasiado delicado como para ser oído por
encima de repiques de risas añadidas. El éxito de
"Los Simpson" dio coraje suficiente a otros productores
para dar el salto sin red; hoy algunas de las mejores comedias de
la tele, entre ellas "King of the Hill" y "Malcolm",
también carecen de risas de fondo.
Uno
de los motivos por los que "Los Simpson" ha sido capaz
de mantener un elevado nivel de sofisticación en su humor
y a la vez resultar atractivo a una audiencia masiva podría
ser que el formato de la serie está considerado inherentemente
gracioso: son dibujos animados. El hecho de que sea animación
resulta conciliador. "El personaje de Homer nunca habría
podido ser representado por un actor de carne y hueso porque sus
acciones hubiesen resultado demasiado horrorosas y demasiada gente
hubiese protestado", dice Meyer. "La gente todavía
ve a los personajes de la televisión como modelos de comportamiento
o como a sus amiguitos de la tele, pero no suelen tener esas expectativas
hacia los personajes de dibujos animados. Las mujeres se solían
identificar con personajes interpretados por Mary Tyler Moore, por
ejemplo, pero no encuentras a mucha gente que diga 'Yo lo que realmente
quiero es ser como Bugs Bunny'. Esto te da algo de libertad."
"Además,
creo que podemos ir tan lejos en "Los Simpson" porque
el planteamiento es muy tradicional. Los Simpson son una familia
nuclear intacta, cosa que hoy en día ya no se suele ver en
series de televisión. Homer trabaja de nueve a cinco, Marge
se queda en casa y ambos tienen un niño, una niña
y un bebé, y viven en en la prototípica casa de clase
media, aunque parezca que una familia así no podría
permitirse una casa así. Sus finanzas son pasadas por alto
en la serie. De todos modos, creo que fue una elección inteligente
no variar el planteamiento básico de la serie, tan tradicional,
y así poder desarrollar las historias en tono raro y estrambótico.
De no ser así a la gente le estallaría la cabeza viendo
la serie."
Meyer
provocó consternación en "Los Simpson" cuando
en 1995 anunció que no iba a renovar su contrato al final
de aquella temporada, la sexta de la serie. Se sentía quemado
por el calendario de guionización, que al contrario que en
la mayoría de programas de televisión, no incluía
vacaciones de verano ("Nunca hay descanso para nadie",
me contó John Swartzwelder). Meyer quería probar algo
que le pareciese menos explotante y más estimulante a nivel
intelectual. Habló varias veces sobre escribir una película,
retomar Army Man, escribir una obra de teatro o trabajar
en un programa piloto presentado por él mismo.
Meyer
también estaba sufriendo profundas presiones personales y
emocionales. A principios de los noventa se sometió a un
programa de psicoterapia bastante intensivo, y dice que la experiencia
cambió su vida, aunque no está seguro de cómo.
"La psicoterapia es un proceso muy misterioso, y creo que poco
comprendido", dice él. "No creo que trate fundamentalmente
sobre cambiar tu patrón de conducta o tu percepción
de lo que pasa. Creo que consiste en volver a cablear tu cerebro,
y no sé si alguien sabe cómo funciona. Pasé
por un periodo muy difícil en el que me encontraba muerto
de miedo, y entonces de alguna manera acabé superándolo.
Tal vez simplemente haya dejado de tener utilidad para mí."
Un
momento clave ocurrió en la Fox un día en el que Matt
Groening invitó a Meyer a comer con él y con el artista
Robert Crumb, cuya obra Meyer adora. Crumb siempre lleva consigo
un cuaderno de esbozos, y dejó que Meyer lo hojease. "Cuando
se lo devolví," dice Meyer, "le agradecí
que me hubiese dejado ver sus cosas, y él dijo, con expresión
avergonzada, 'Mi vida es un libro abierto'. Por algún motivo
esa afirmación fue como un gatillo en mi mente." Meyer
se pasó una sesión entera con su psiquiatra deshaciéndose
en atroces sollozos cada vez que intentaba decir esa frase. Una
sesión que él considera el punto decisivo en su terapia,"Hasta
aquel momento, supongo, mi vida no había sido un libro abierto,
y no había tenido el coraje de arriesgarme a ser yo mismo
ni a mostrarme a mí mismo ahí fuera de forma inédita.
Fue una experiencia muy poderosa. Ahora ya no puedo sollozar de
aquella manera, ni siquiera como numerito en las fiestas."
Los
colegas de Meyer en "Los Simpson" se hubiesen preocupado
mucho más por el hecho de que dejase la serie si de verdad
hubiesen creído que iba a aguantar fuera mucho tiempo. Y,
como varios habían predicho, volvió casi inmediatamente,
primero como consejero y después otra vez como miembro del
equipo a tiempo completo. "No me siento avergonzado de mí
mismo por haber vuelto", dice. "Maria siempre me dijo
que no me tomase mi púlpito en "Los Simpson" a
la ligera, que no lo despreciase ni banalizase, y ella tenía
razón, porque probablemente nunca estaré asociado
a nada que llegue a tanta gente, incluso si por mi cuenta trabajo
duro durante el resto de mi vida."
Eso
no quiere decir que pretenda quedarse necesariamente en "Los
Simpson". Durante estos años ha lanzado ideas para nuevas
comedias televisivas. Ninguno de estos intentos ha tenido éxito
hasta ahora, pero él no se rinde, y trabaja ahora en una
nueva propuesta consistente en un show de media hora llamado "Bang!".
"Lo describo como 'una acribillada de comedia'", dice.
"Es una especie de 'Laugh-In' animado pero más a flashes
y con un ritmo más rápido." Meyer cree que se
trata de un descendiente directo de Army Man. Si su presentación
tiene éxito, dejará "Los Simpson" para trabajar
en "Bang!" a tiempo completo (debido a los plazos requeridos
para la animación, el primer episodio no aparecería
hasta dentro de un par de años). El posible nuevo proyecto
de Meyer ha creado ansiedad en "Los Simpson". Mike Scully
me dijo que no podía imaginarse tirar adelante el programa
sin Meyer en la sala de reescritura. Aún así, Scully
dice que no entiende cómo puede ser que ninguna cadena de
televisión le haya dado a Meyer un buen montón de
dinero y le haya propuesto crear lo que le dé la gana. "Las
cadenas de televisión se arriesgan siempre a lo loco con
programas malísimos", dice. "¿Por qué
en vez de eso no se arriesgan con alguien realmente bueno?"
Este
punto también es complicado para Meyer. Le encanta la sala
de reescritura, pero está atormentado. Algunos años
atrás me dijo "Lo malo de trabajar en la tele es que
siempre te estás preguntando si no eres un simple escritorzuelo.
Y con razón. Escribir para "Los Simpson" es divertido,
pero en algunos aspectos es algo demasiado fácil. Es más
un oficio mecánico. Creo que me ha llegado el momento de
hacer algo que me llene más personalmente. Empiezo a pensar,
'¿Cuántos años de ser divertido me quedan?"
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